Al principio suele ser bastante sencillo.
Una hoja con los nombres de los socios.
Un formulario para las nuevas altas.
Los datos bancarios en otro documento.
Algún correo con cambios de teléfono o dirección.
Y quizá un grupo de WhatsApp donde alguien avisa:
“He cambiado de cuenta. Te paso el nuevo IBAN por aquí.”
Mientras la asociación es pequeña y una misma persona lleva casi todo, el sistema funciona.
O, al menos, parece funcionar.
El problema llega poco a poco.
Hay más socios.
Empiezan a intervenir varias personas.
Unos datos se actualizan en un sitio, pero no en otro.
Alguien pregunta si una cuota está pagada.
Hay que recuperar la información de una persona que se dio de baja hace meses.
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